No es odio es decilusión!
"Por qué amo Japón”
Amo Japón porque es todo lo que mi país pudo ser… y no fue.
Porque cuando veo sus calles limpias, su respeto silencioso, su orden casi sagrado, me duele. Me duele porque sé que no es solo belleza: es disciplina, es respeto mutuo, es una cultura que aún conserva dignidad.
Vengo de un país donde todo se rompe: las leyes, la educación, la palabra, la confianza, las familias. Vengo de una sociedad que se arrastra entre la violencia, la corrupción y la indiferencia. Donde se premia al vivo, no al justo. Donde esforzarse parece inútil y donde muchos pierden la esperanza antes de los treinta.
Yo no encajo con esa mentalidad.
Odio la idiosincrasia argentina, esa mezcla de cinismo y caos disfrazada de viveza criolla. Odio ver cómo el respeto por el otro se desintegra día a día, cómo nadie se escucha, cómo se destruye todo lo que podría ser valioso. Amo Japón porque ahí veo el reflejo de lo que desearía para mi vida, mi gente, mi mundo.
No idealizo a Japón. Sé que tiene sus sombras, su soledad, sus injusticias. Pero aún así, el valor que le dan a la palabra dada, al trabajo bien hecho, al sacrificio silencioso… eso me habla. Me toca. Me inspira.
Japón me recuerda que una sociedad puede ser otra cosa. Que no todo está perdido si hay quienes se esfuerzan por ser mejores. Que no hace falta gritar para hacerse escuchar, que no hace falta robar para sobrevivir, que no hace falta rendirse solo porque otros lo hicieron.
Amo Japón porque me da una razón para seguir creyendo. Porque aunque esté lejos, me sostiene el deseo de llegar algún día, no solo como turista, sino como hombre. Como alguien que no se resignó a la miseria del entorno, sino que eligió el camino más difícil: el de los sueños.
Y si nunca llego a pisar Japón, al menos quiero vivir como si pudiera merecerlo.
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